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3 de mayo | | | | | |

Agroquímicos dan que hablar

Relatores de ONU recomiendan prohibir los plaguicidas dañinos

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El 8 de marzo la relatora especial sobre el derecho a la alimentación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Hilal Elver, y el relator especial en derechos humanos y medio ambiente, John Knox, presentaron ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU un informe sobre el peligro de los pesticidas en la salud humana y el medio ambiente. En él, aconsejan prohibir los plaguicidas altamente peligrosos y promover la agroecología.

“Se calcula que los plaguicidas son responsables de 200.000 muertes por intoxicación aguda al año, de las cuales el 99% se produce en países en desarrollo, donde las normas en materia de salud, seguridad y medio ambiente son menos estrictas y se aplican con menos rigor”, dice el informe. Agrega que suele argumentarse que la agricultura industrial necesita de los agroquímicos para responder a la demanda mundial de alimentos, pero advierten que “ello se ha logrado a costa de la salud humana y el medio ambiente” y que “el aumento de la producción de alimentos no ha logrado eliminar el hambre en todo el mundo”. Los relatores señalan que “la dependencia de plaguicidas peligrosos es una solución a corto plazo” porque, además de contaminar el ecosistema, reducen plagas -entre ellas predadores naturales que mantienen el ecosistema en equilibrio- y socavan la diversidad biológica.

Afirman que “si bien las investigaciones científicas confirman los efectos adversos de los plaguicidas” resulta “sumamente difícil” demostrar los daños, y apuntan que “esta dificultad se ha visto exacerbada por una negación sistemática (alimentada por la agroindustria y la industria de los plaguicidas) de la magnitud de los daños provocados por estas sustancias químicas, y las tácticas agresivas y poco éticas empleadas en el ámbito de la mercadotecnia se siguen sin cuestionar”.

Impactos en la salud y el medioambiente
“Hay pocas personas que no estén expuestas a los plaguicidas. La exposición puede producirse a través de los alimentos, el agua, el aire o el contacto directo con los plaguicidas o con sus residuos”, sostienen los relatores. Citan casos extremos, de niños decenas de escuela que murieron en India en 2013, en China en 2014 y en Bangladesh en 2015 por consumir alimentos contaminados con plaguicidas. También advierten sobre la exposición crónica y el vínculo con enfermedades como cáncer, Alzheimer, Parkinson, trastornos hormonales, de desarrollo y neurológicos, además de trastornos respiratorios y alergias. Mencionan que no se estudian los posibles efectos en la salud, ni lo que le ocurre a una persona que esté expuesta a través de los alimentos, el agua, el suelo y el aire. Además del daño en los trabajadores, señalan la situación especialmente vulnerable en la que están los niños que trabajan en la agricultura, de los trabajadores zafrales y migrantes, así como en las comunidades cercanas a los territorios agrícolas en los que se aplican los plaguicidas. Entre los afectados, se menciona también a las comunidades indígenas –“con frecuencia se observa que las fuentes de alimentos tradicionales de los pueblos indígenas contienen altos niveles de plaguicidas”-, a las mujeres embarazadas y niños, que están más expuestos porque sus órganos están en desarrollo y, debido a su peso corporal, están expuestos a mayores dosis.

“La alta exposición acumulativa de los consumidores a los plaguicidas resulta particularmente preocupante, sobre todo en el caso de los plaguicidas lipofílicos, que se adhieren a la grasa y se bioacumulan en el cuerpo”, señalan Elver y Knox, que indican que los alimentos tienen un “cóctel” de plaguicidas. Para librarse de ellos, no alcanza con lavar y cocinar los alimentos, dicen, porque “muchos de los plaguicidas que se utilizan hoy en día son sistémicos –se absorben por las raíces y se distribuyen por toda la planta-”. Los relatores manifiestan, también, su preocupación, por la bioacumulación de plaguicidas en animales de granja y en alimentos básicos para los niños, como la leche, y por la contaminación del agua subterránea.

Además del deterioro de los suelos y el agua, el informe menciona que los neonicotinoides (insecticidas sistémicos) son los responsables del colapso mundial de las colonias de abejas. En cuanto a los cultivos genéticamente modificados, los relatores señalan que “quienes abogan por los plaguicidas sistémicos y los cultivos genéticamente modificados sostienen que, al eliminar la pulverización de líquidos, se reduce enormemente el riesgo de exposición de los trabajadores rurales y otros organismos no objetivo. Sin embargo, se deben seguir realizando estudios sobre la exposición crónica para determinar hasta qué punto los plaguicidas sistémicos y los organismos genéticamente modificados (OGM) afectan a la salud humana, a insectos beneficiosos, a los ecosistemas de los suelos y a la vida acuática”. Recuerdan que la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunció en 2015 que el glifosato es “un carcinógeno probable”. En cuanto a los OGM, comentan que en Europa la normativa se rige por el principio de precaución, pero lamentan que no ocurra lo mismo en Estados Unidos, el mayor productor de cultivos GM.

Estrategias y recomendaciones
El informe establece que “el oligopolio de la industria química tiene un enorme poder” y que “fusiones recientes han dado lugar a tres únicas corporaciones poderosas (Monsanto y Bayer, Dow y Dupont, y Syngenta y ChemChina), que controlan más del 65% de las ventas mundiales de plaguicidas” y 61% de las ventas de semillas comerciales. Menciona la presión que hace la industria de plaguicida sobre los gobiernos, científicos, y el fenómeno de la “puerta giratoria” en la cual “los empleados alternan entre los organismos reguladores y la industria de los plaguicidas”.

En cuanto al marco legal, los relatores afirman que si bien no faltan leyes nacionales e internacionales y directrices no vinculantes, esos instrumentos “no están logrando proteger a los seres humanos y el medio ambiente de los plaguicidas peligrosos”. Por eso recomiendan elaborar un tratado “amplio y vinculante” que regule los plaguicidas peligrosos durante todo su ciclo de vida. Proponen la eliminación progresiva de los plaguicidas altamente peligrosos, pero entienden que “el método más eficaz a largo plazo para reducir la exposición a estos productos químicos tóxicos es abandonar la agricultura industrial”. En contraposición, alientan al desarrollo de la agroecología, que sustituye el uso de productos químicos por productos biológicos. Dan cuenta de estudios que han señalado que la agroecología es capaz de producir rendimientos suficientes para alimentar a la población mundial, protegiendo la salud humana y el medio ambiente, además de formas de producción que aseguran la subsistencia de pequeños agricultores.

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