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27 de agosto de 2015 | | | | | | |

Luces y sombras

Igarapé Mirí: cultura, identidad, agroecología, azaí, manejo agro-forestal y la amenaza de la financiarización

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La segunda caravana de la Conferencia Latinoamericana sobre Financierización de la Naturaleza tuvo como destino el municipio paraense de Igarapé Mirí. En la apertura de los seminarios el miércoles de la Conferencia, ya en la ciudad de Belém do Pará, la activista Verónica Villa, del Grupo ETC, hizo el resumen de la experiencia vivida en esa segunda caravana.

A nombre de todos los participantes de la caravana a Igarapé Mirí, Verónica leyó un muy rico relato escrito por ella y que aquí presentamos en audio y texto.

Caravana II

Igarapé Mirí (Comida de verdad en el campo y en la ciudad)

“Traigo la preocupación de todos los seres vivos, no solamente de los seres humanos”.
- Ninawa, del Pueblo Huni Kui

La descripción

La caravana que visitó el municipio de Igarapé-Mirí conoció 4 experiencias muy potentes de agroecología. Estuvimos alojados en el local de la Asociación MUTIRAO, fundada en 1991, que uno de sus miembros definió como “el hombre del campo y la fuerza de la mujer”, pero que formalmente significa “Movimiento Unitario de Trabajadores Interesados en la Revolución de la Agricultura Organizada”.

Desde MUTIRAO conocimos Mamagal, Cambeua, Campo Alegre y Caripi. Comunidades ribereñas, asentamientos de los últimos 30 años, que junto con los habitantes más viejos, afrodescendientes, han hecho una nueva realidad en la zona.

Vena y Mundiña, mujeres con cargos directivos en el Sindicato de Trabajadores Campesinos, cuyo trabajo central es el impulso de la agroecología en la región, nos guiaron en las visitas a familias que compartieron su historia, su comida y su vida cotidiana. En todos los sitios encontramos un metabolismo equilibrado entre la biodiversidad y las personas, a tal punto que a uno de nuestros caravaneros sorprendió que las termitas construyen sus castillos en medio de las propiedades, al parecer sin amenaza o desproporción alguna para con el resto de la supervivencia del lugar; lo mismo pensé yo de las hormigas y los mosquitos que no fueron invasivos en ningún momento. Eso habla de una salud integral del territorio.

Lo que realmente asombra es que esta exuberancia armónica no existía antes de los años 80, cuando la zona era un monocultivo de caña y sus habitantes eran agricultores condenados a la misma degradación que sufría la tierra. Las comunidades que visitamos comparten una sorprendente historia de reapropiación del territorio. Familias y comunidades que compraron las parcelas a los antiguos dueños, o que lograron que el Estado los dotara de tierras “para asentamiento rural”. En menos de una generación, los habitantes de Mamagal reconvirtieron un clásico desierto verde de caña de azúcar en una selva diversa y humana, que los trata tan bien ¡que las termitas y los moscos se mantienen a raya! En una casa vimos incluso que la construcción de las termitas sirve como horno para pollo, pescado y pan.

En menos de una generación lograron ir en contra de la avalancha homogeneizante de la globalización que vivimos, imponiendo diversidad donde se decreta comodificación, honrando el intercambio de dones entre la gente y la ecología en la época de la cosificación absoluta de la naturaleza, apostándole a la autonomía productiva y la economía de supervivencia cuando todo indica seguir la ruta de la ganancia, y confiar al mercado la satisfacción de cualquier necesidad.

La Asociación Mutirao ha conducido un proyecto de autonomía en los hechos que está rindiendo sus frutos a la vuelta de 25 años aproximadamente. Cuenta con un impresionante local para la formación de sus cuadros y es el punto de partida de un sindicato de trabajadores rurales y una asociación de mujeres, con membresía creciente y con influencia directa en la política y en la economía locales. Mutirao es la inspiración de diversas cooperativas ribereñas de cosecha de azaí y unidades familiares que han encontrado en la agroecología una respuesta indudable a sus necesidades de supervivencia.

Hablar de la influencia de Mutirao suena hueco si no insistimos ahora mismo en que cada persona que nos recibió, cada miembro de las familias, cada delegado sindical o miembro de una cooperativa, fueron todos increíblemente amorosos, sonrientes, abiertos y generosos. En el contexto actual de la crisis y la desesperanza, y más en el mundo campesino, la actitud de quienes nos enseñaron estos dos días su vida, su selva y su agricultura es muy notable y muy escasa, y habla de lo que está aconteciendo en sus territorios.

Todas las experiencias que conocimos comparten una historia de transformación radical de sus tierras y su futuro. Al tiempo que fueron ocupando y legalizando su territorio reconvirtieron los suelos para revertir los daños sociales y físicos de la monocultura de la caña, organizando colectivamente la recolección y cultura del azaí, la mandioca, el maracuyá, el cacao, el camarón, el cupuazú, entre decenas de otros frutos de la tierra y del río. Recuperando especies casi perdidas y recordando sus saberes. Constatamos que las ancianas y ancianos tienen un papel crucial en la recuperación del futuro.

Observamos una impresionante riqueza tecnológica y de conocimientos pertinentes en cada una de las casas que visitamos. Herramientas para procesar la harina de mandioca -las llamadas casas de farina-, construcciones completas de pau-a-pique, filtros para el agua del río, estanques y canales en torno a la ribera para potenciar la pesca, trampas para camarón, verdadera labranza cero, policultivos, viveros y farmacias vivas en cada casa, herramientas y técnicas tradicionales para la recolección del azaí y el coco, y una gastronomía sofisticadísima, por hablar de algunas pocas cosas. “Somos todo”, dijo el señor Joao al reconocerse en el espejo que le puso nuestro asombro: productores, padres y madres, sindicalistas, cocineros, ¡somos todo!”

No vimos en los niños señales de desnutrición, no vimos pobreza absoluta; algunos compañeros comparaban la vitalidad de las personas de acá con la fragilidad de comunidades por ejemplo en Espíritu Santo. Sin duda, la salud y la alimentación son punto de partida para libertades políticas posteriores.

Francisca, quien emigró de la ciudad al campo, decía, hacia el final de la visita, que en su vida ha tenido tantos cambios y mejoras que está convencida de que es posible recobrar la dignidad y la felicidad. Constatamos que la historia no tiene que ser lineal y que la creatividad organizativa solo necesita un impulso para revertir un destino de miseria y tristeza. Doña Francisca huyó de la ciudad para curar su grave problema de depresión y se encontró con los proyectos de MUTIRAO, ahora es un pilar en el fortalecimiento de la agricultura familiar y la recuperación de saberes en la región. Volver a ser campesina, cuando se ha decretado la extinción de esa forma de vida es comparable a volver a ser selva cuando se ha condenado a la tierra al monocultivo.

“Todo el esfuerzo y aquello por lo que luchamos lo quiero ver acontecer”, dijo Francisca hablando del plazo inmediato y permanente de la transformación que han emprendido.

Los dilemas

Pero hay que decir que asumir la forma de organización productiva independiente ha puesto a los habitantes de los Igarapés en el dilema de entrar en una relación (incierta) con el mercado. Son conscientes de la potencia autonómica que tiene la agricultura de supervivencia, pero la generosidad de los suelos es tan grande que constantemente están considerando la comercialización de sus excedentes, aun cuando saben que los precios por peso del azaí los determinan unilateralmente las empresas compradoras. De los 50 mil habitantes del municipio, 30 mil sobreviven del campo. Del trabajo en tierra firme y en tierra de islas.

Como sindicato, que comenzó para defenderse de los patrones del azúcar y evolucionó hasta derivar en asociaciones y proyectos cooperativos, sin perder la calidad de la negociación colectiva, han podido enfrentar los abusos de las compañías, incidir en la política regional apoyando a quienes tienen posibilidades de impulsar la autonomía verdadera de los productores, gestionar las políticas públicas -capacitaciones técnicas, créditos para el equipamiento, modernización de los procesamientos de mandioca o azaí, fluidez en el transporte de las cosechas a lo largo de los ríos, establecimiento de escuelas para los niños, etcétera-, pero a todos queda la enorme pregunta de si la salida al mercado es una solución permanente a la pobreza que no deja nunca de acechar a la gente del campo y también porque la comercialización es otra de las puertas que abre Igarapé Mirí a la codicia de los mercados de carbono, que podrían calcular enormes lucros en la selva renovada, en los bosques tupidos, en un manejo forestal ejemplar. Porque los moradores de Igarapé Mirí han hecho que el azaí lo potencie todo: la supervivencia comunitaria igual que la diversidad biológica.

Las mujeres son un actor con mucha presencia. De organizarse para aprovechar las ventajas de las políticas públicas han pasado a verdaderamente tomar las riendas de la capacitación y el tejido de la red social de Mutirao y sus derivaciones. Han hecho del conocimiento gastronómico y de la herbolaria un pilar para el sostenimiento de las luchas y una carta de presentación impresionante para sus proyectos y para las nuevas generaciones. (Los caravaneros comimos exquisitamente). Sin embargo notamos que los planteamientos de la organización femenina son aún inerciales y poco profundos, falta desarrollar la conciencia política que da conocer el significado del papel inmemorial de las mujeres en la vida comunitaria. (Como seleccionadoras de semillas, como sanadoras, por ejemplo).

También les cuestionamos sobre una propuesta política de largo aliento más allá de haber conquistado la supervivencia familiar. ¿Qué sigue además de exigir al gobierno municipal y al Estado las facilidades para la producción y la posible comercialización? ¿Cuáles son las implicaciones de haber recuperado para este punto de la región amazónica la salud y la biodiversidad de la selva? Hablamos un poco con ellos de la codicia de las empresas cosméticas (como Natura) y del agua, y no parece haber una conciencia del acecho que pueden sufrir sus especies y sus caudales en un momento de crisis ambiental e hidrológica generalizada en el planeta.

En las cuatro experiencias que visitamos vimos algunas cuestiones en común que necesitan abordarse en sus trabajos de formación y para tener un diagnóstico certero de la región y poder usarlo ante las amenazas que pueden traerles los proyectos de financiarización de la naturaleza:

- Permanece una gran inseguridad para muchos en la tenencia de la tierra. No están terminados los procesos de apropiación y legalización de las parcelas.
- Necesitan explorar y considerar las posibilidades que tienen sus organismos cooperativos. Al parecer tienen la supervivencia asegurada y les falta explorar posibilidades reales de economía solidaria para no caer en las garras de las empresas.
- El rol de las mujeres es innegable pero es aún un desarrollo del sindicalismo común. El modelo de organización de las mujeres no ha crecido como algo propio sino “paralelo” al del sindicato.
- La agricultura extractiva, por muy exitosa que esté siendo, no lleva una mirada profunda de los riesgos que entraña en el contexto de proyectos como REDD+ por ejemplo.
- La centralidad económica del azaí se da por obvia, pero realmente el ciclo económico del azaí, más allá de su consumo directo y de las compras institucionales es desconocido. (Qué importancia nutricia tiene, qué posibilidades de industrialización, exportación, descomposición genética, etcétera. Nosotros en México, para evitar que el maíz nos sea arrebatado, hemos investigado desde los mitos fundacionales hasta la identidad molecular del maíz, pasando por el comercio mundial y la gastronomía).
- Hay una incongruencia en la mirada hacia la tecnología que tienen, hablan en abstracto de recibir mayores capacitaciones pero parecen dar por hecho todo el conocimiento tecnológico que ponen en operación cotidianamente. En el caso de las semillas que utilizan, no hay una conciencia de las líneas de procedencia, eso es una fragilidad en el entramado de autosubsistencia que han logrado tejer.
- Carecen aún de un lenguaje que cohesione sus experiencias y su historia, como herramienta para la formación de las nuevas generaciones en ese desarrollo específico que han tenido al recuperar su territorio y su parte del Amazonas.

Igarapé Mirí y la financiarización de la naturaleza

Cada resistencia lleva su proceso, independientemente de lo más o lo menos que lo reconozcamos. Así también, la financiarización de la naturaleza en Igarapé Mirí va a tomar -como en cada lugar- formas específicas. Al respecto es necesario trabajar sobre el sentido preciso de la agricultura extractiva y el “misterio” del azaí, cultivo básico que puede ser la llave a nuevos senderos libertarios o a la renovación de la explotación industrial. El descubrimiento de la recuperación de la biodiversidad podría ser un botín para los financiadores de la naturaleza, porque el sitio lo hace posible, pues los ciclos vitales están muy óptimos y los moradores son sujetos de mucho conocimiento. No pueden seguir con una ingenuidad política al respecto.

Las familias y organizaciones que conocimos en Igarapé Mirí han reivindicado el territorio como una construcción colectiva de posibilidades de vida. No como hectáreas cuadradas de cultivos o de bosques. Es necesario que sepan que por increíble y codicioso que parezca, el esfuerzo que ellos han hecho por vivir dignamente está cotizando en los mercados de carbono como “degradación evitada”, como “manejo forestal ejemplar”, y que en la medida en que los poderosos destruyan otras selvas, otros ríos y otras comunidades, el trabajo que realizan la Asociación MUTIRAO y sus filiales ¡aumentará su valorización! La autonomía que han construido debe conocer la lógica del mercado y romper con ella, sea la del mercado del azaí o la de los mercados de carbono. (No debe haber sirenas rondando en los Igarapés).

Imagen: https://www.flickr.com/photos/financeirizacionnaturalezano/

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